(Productos inesperados de una carta que se perdió en buenas manos)
La tesis inicial fue la siguiente: la gente que hace uso excesivo del papel cuadriculado termina viendo las cosas de las misma manera, con una malla de por medio. Las palabras, así, se amontonan apretadas contra la rejilla, señalando a las cosas, llamándolas, intentando llegar a ellas, que sin embargo, están del otro lado del papel, solo accesibles en otro nivel. Digamos algo así:

- ¿Y qué pasa si damos vuelta la hoja?
Esta pregunta supo generar diferentes respuestas. Útiles conformistas no dudaron en señalar que la casa así como estaba se veía bien, y que pensar en otras formas de habitarla o de acceder a ella era una pérdida de tiempo. Otros más llanos decían ver muy sencillo lo que sucedería; la casa estaría invertida, como a través de un espejo, entonces la rejilla simplemente pasaría a un plano posterior, y la claridad de la imagen dependería del contraste, que estaría determinado por cuán fino sea el papel, y cuán grueso el trazo del lápiz. También opinaron algunos psicólogos, hacían incapié en que lo necesario era establecer en qué orden fue dibujada la casa, y no faltaron los jóvenes socialistas anunciando que el papel es en realidad un elemento de alienación, un mecanismo de control de nuestra imaginación, y que la única actitud humanamente decente que restaba era quemar el papel, con la casa incluida, como símbolo emblemático de la lucha por subvertir el orden, para luego sí poder poder, y sobre otras reglas construir una gran casa donde todos podamos vivir y compartir, menos Bush.
Es en medio de esta controversia, que surge la Agrupación Aún Sin Fines de Lucro Amigos de lo Simple. Postulan (quizás es uno solo, el plural es para que no sienta loco en todo caso) la intrascendencia de lo que no es esencialmente simple. No confunda el lector lo simple con lo fácil o lo rápido. Entre tanta cosa maquillada, tanta competencia de habilidades, tanta hoja cuadriculada digamos, su propósito fundamental es evitar las cáscaras. Dicen ver con cierto temor cómo nos hemos acostumbrado a ellas, e incluso algunas facciones hablan de neo-oscurantismo. Encuentran cierta paradoja en que en la era de lo accesibilidad y de la información, las cosas están disponibles pero muchas veces llenas de otras (no sustanciales) encima.
Cómo es previsible, no es mucho lo que piden. Quieren que vuelva el fútbol de 90 minutos de los domingos, les encanta la previa, pero la previa entre hinchas, no la de los astrólogos del futbol que ocupan tantas horas radiales y televisivas y no hacen otra cosa que nublar a mucha gente, que vuelta a su casa luego de alguna jornada de alguna cosa debe sentirse plena no viendo a un jugador de futbol haciendo jueguitos y tirando caños, sino escuchando como responde preguntas sólo más previsibles que sus respuestas. Aman la música, no terminan de entender muy bien el fanatismo por acumularla en discos rígidos en cantidades difíciles de apreciar en toda una vida; y ciertamente aplauden el virtuosismo, pero insisten en no olvidar incluir en él la capacidad de sólo estirar una nota en el momento apropiado. Gozan de las metáforas literarias, no es esta la clase de cáscaras de las que hablan, avisan de los peligros de mezclar lo simple con lo explícito. Así, por ejemplo, saben apasionarse también por ciertas discusiones de tintes filosóficos, pues recuerdan que allí lo simple, y sustancial, radica en las preguntas, quién soy, qué es la verdad, en fin.
Saben que las cosas cambian, pero notan que por estos días eso consiste en cubrirlas de accesorios, se preguntan a donde van a ir a parar, y no encuentran respuestas. Temen que quizás de tantas cosas que se ponen encima se termine por cumplir la tesis, que la idea de papel implique la de márgenes, que las palabras terminen por aplastarse contra la rejilla, y las cosas ocurran, cada vez más difusas, del otro lado del papel, ese día, cuando pensar en fútbol implique pensar en un talk show, se sentirán palabras.